Hipotiroidismo subclínico

Todos los que sufrimos esta enfermedad sabemos que el hipotiroidismo funciona de acuerdo a un proceso evolutivo. Un proceso que por otra parte tiene estaciones, momentos en que estamos mejor, momentos en estamos peor, momentos que estamos estables… Siempre se me aparece en mi mente la vía de un tren estrecha y larga. Yo me encuentro sentada en un vagón en movimiento, la mayor parte del tiempo, esperando que el tren no entré ni un túnel ni se detenga en lugares inhóspitos, menos que se descarrile, simplemente que avance mientras disfruto del sol que entra por la ventana. ¿Hacia dónde voy? A ningún lugar en particular sino a un estado: sentirme mejor, un poco mejor cada vez.

La primera estación de esta enfermedad se llama Hipotiroidismo Subclínico, y se llama así porque la enfermedad, que sí la notamos en nuestro cuerpo a través de síntomas, en sangre todavía no se evidencia con claridad. Es como un pequeño susurro, a veces apenas perceptible, pero que con el tiempo se convertirá en un grito brutal. Por eso es tan importante empezar a tratarlo en ese momento cuando todavía las células no están tan maltrechas.

 

 

Tengo frío

El frío era un síntoma que tenía olvidado. De hecho, cuando intento recordar la primera vez que entró ese frío extraño en mi cuerpo tengo que remontarme a unos cinco años atrás. En aquella época no sospechaba que existía en mí un hipotiroidismo subclínico, -la enfermedad antes de la enfermedad-; apenas sufría algunos cambios pocos significativos, a los que les atribuía causas tan concretas y equívocas como la comida, el sedentarismo, el estrés del trabajo… Hoy es diferente. No sólo porque los años y las idas y venidas con médicos y dosis me han convertido en un cúmulo de información que me permiten distinguir diferentes tipos de cansancios, de mareos, de hormigueos, de alergias…, incluso de frío.

Este es un frío diferente. ¿Por qué?. Porque viene de pronto sin que haga frío.

Porque sientes como cada rincón de tu cuerpo se interna dentro de una corriente helada. Tan profundamente helada que puedes sentir tus huesos. Pequeños y largos, grandes y cortos, blancos y fríos huesos.

Porque te metes vestida en la cama bajo tres mantas y tiemblas. Tiemblas de frío, de cansancio y de dolor. Porque el dolor está ahí, detrás del frío. Los huesos duelen; las articulaciones duelen; la piel duele. Duele como si la gripe te hubiese alcanzando de pronto. ¿Será en realidad un resfrío? Justo en ese momento, cuando estás a punto de levantarte para tomarte un antigripal, el frío empieza a ceder, y también el dolor. Poco a poco ambos abandonan el cuerpo hasta desaparecer. Sí, desaparecen como si nunca hubiesen estado allí. Entonces te levantas y continúas viviendo.

Sin embargo, hay algo que descubrí en estos días: que este “frío extremo” se presenta sobre todo cuando estoy muy cansada. Cuando no te tenido tiempo de detenerme y descansar aunque sea veinte minutos en algún momento del día. Ahora intento que no sea así, a veces lo consigo. 

“¿Tienes el mismo frío?”