¿Me puedo morir de hipotiroidismo?

Me ha llamado mucho la atención varios comentarios, no uno o dos, sino muchos, en los cuales cuentan que han decidido dejar el tratamiento sin más, a pesar de tener un claro diagnóstico de hipotiroidismo.

Bueno, nunca hay un “sin más”, eso está claro, ese tipo de decisiones se toman por miedo, rabia, rechazo, negación… Uno no quiere estar enfermo “¿Por qué a mí?”… o por muchas otras razones.

Esto nos lleva a una de las características fundamentales de esta enfermedad: su evolución lenta (pero segura). Sin tratamiento pueden pasar varios años sin que uno sufra a plenitud todos o algunos de los síntomas. Apenas percibe que algo está cambiando: estados de ánimo, peso corporal, capacidad de concentración, sequedad del pelo… pequeñas y sutiles señales que al llegar de esta manera gradual muchas veces las registramos como problemas del momento, de la edad, o de nuestra propiedad personalidad. Al principio no sospechamos que se trata de una enfermedad.

Este es el periodo en que muchas personas  abandonan el tratamiento por unos cuantos años o de manera indefinida. Claro, al parecer nada pasa: “Dejé de tomar la medicación y estoy igual”. Pero es una trampa. Poco a poco los síntomas aparecen y se instalan en nuestra vida convirtiéndola en un verdadero infierno. Muchos de nosotros hemos abandonado carreras, estudios y trabajo porque no podíamos seguir adelante.

Y, ahora volvamos al título que puede ser alarmista pero es verdad. Un hipotiroidismo sin tratamiento o con un mal tratamiento puede llevar a la muerte. Tardará años, pero llegará un momento en que alguna parte de nuestro cuerpo no responderá más. Esto es porque es una enfermedad que afecta a todas y cada una de las células.

Por el contrario, con un buen tratamiento se puede vivir con normalidad! Pero esto tampoco sucederá de la noche a la mañana en personas que venimos arrastrando malos cuidados médicos. Cuanto más tardemos en encontrar la dosis más tardaremos en recuperarnos!

En pocas palabras: A CUIDARSE!

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Nódulo en la tiroides

Me acosté en la camilla y empecé a sentir como el ecógrafo recorría suavemente mi tiroides. Mientras ocurría eso, yo miraba el techo, ansiosa, casi con los dientes apretados, esperando salir de allí del mismo modo en que entré: sin novedades.

Recordaba que la última vez que me habían hecho el estudio había sido también en Buenos Aires, y de eso ya había pasado algo más de cuatro años. Cuatro años… mi tiroides tuvo tiempo de fabricar lo que quisiera durante todo ese tiempo… No hubo forma en España que entendieran la importancia de una ecografía de tiroides! Nunca me la hicieron. “¿Para qué? Si no es necesario” Me respondían una y otra vez en la Seguridad Social y en las clínicas privadas. Todo se limitaba a una simple palpación

Mientras siento el gel en mi cuello, la médica empuja un poco insistiendo en el mismo lugar. Y sin dejar de mirar la pantalla me dice: “Acá tenés un nódulo“. “¿Un nódulo?!” dije yo.  Sentí como si la camilla hubiera desaparecido y me hubiese desplomado sobre el suelo. “¿Un nódulo?. Y, ¿es muy grande?”, pregunté. “No llega al centímetro”.

Cuando me levanté y mientras me limpiaba el gel con un trozo de papel, sentí que el alma se me había ido del cuerpo. Inmediatamente, y sin rodeos, le pregunté: “¿Puede ser cáncer?”. Me miró con cierta compasión y me dijo que no podía responderme eso, pero que por las características del nódulo no hacia sospechar nada malo. Que hablase con mi endocrino que ella me diría los pasos a seguir. Le agradecí y salí de allí como una zombi.

Afuera estaba esperándome David, mi marido. Lo abracé muy fuerte y empecé a llorar. Era el 25 de abril, día de su cumpleaños y, aunque a mi me encanta celebrar, ese día no pudimos hacerlo.