Cuando te quedas en blanco

Hoy recordaba una clase de alemán, la primera y la última que tomé. Estábamos, mi marido y yo, varados en Buenos Aires cuando decidimos apuntarnos al Goethe Institut, yo por aburrimiento, él porque es un apasionado de los idiomas. Las vacaciones se habían vuelto una pesadilla, una especie de espiral donde sólo veíamos médicos y más médicos, sin ninguna respuesta clara…

Con la cara hinchada por una explosión alérgica -que más tarde resultó ser una de las primeras señales de un hipotiroidismo agudo- y el cuerpo empujado por el poco aliento que tenía llegué a la clase. Me acomodé en un rincón y me presenté. Éramos unos diez alumnos en total. Tomé aliento e intenté escuchar con la mayor atención posible, pero de pronto me di cuenta que las palabras de la profesora se quedaban afuera de mi cabeza. Y lo gracioso es que hablaba en castellano. Escuchaba el sonido pero por alguna razón no podía comprender con exactitud lo que decía. Me empecé a poner nerviosa. Sentía calor, mucho calor en todo el cuerpo. Lo peor vino cuando empezaron las primeras palabras en alemán, sencillas, muy sencillas como para un niño de prescolar. Nos hacía repetir en voz alta lo que había escrito en la pizarra. Para ese momento yo ya no veía muy bien las letras, llegaban a mí lejanas y borrosas. En realidad, percibía  el aula, y todo en ella, de manera extraña. Me sentí agotada y confusa. En ese momento repartió unas hojas de ejercicios para completar en parejas. No pude responder ni una sola de las preguntas. Cada vez que buscaba las palabras en mi mente no estaban, había como un vacío, un completo y profundo vacío. Simplemente no había nada allí. Podía ver el rostro sorprendido de la otra persona esperando una respuesta, al mismo tiempo que sentía mi esfuerzo inútil en buscarla. Sólo le devolvía silencio. Un silencio envuelto en angustia y vergüenza. No entendía porqué me estaba pasando eso.

No pude salir al descanso, estaba agotada. Me quedé sentada y en silencio, con mi marido a mi lado. La profesora se acercó para preguntarme qué estaba pasando. Le dije que estaba enferma pero que no sabía qué tenía.

Esa fue mi primera y última clase de alemán. Lamentablemente, no fue esa la única vez que me quedé en blanco, fueron muchas, demasiadas, al punto tal que tuve que dejar de trabajar. Incluso me di cuenta que había olvidado muchas cosas de mi pasado. Como si nunca hubieran sucedido. Eso lo noté con el tiempo y después de haber encontrado un buen tratamiento, entonces empecé a recuperar la concentración y también parte de mi memoria. Todavía estoy en ese proceso.

Hoy, bajón…

En este preciso momento me siento mal. Es un pequeño “bajón de tiroxina” como yo le llamo. Es como si la dosis de hoy al cuerpo no le hubiese alcanzado. Algo le ha bajado las baterías en exceso… Tal vez fue el Flumil que he tomado por la mañana.

¿Qué siento? . No veo bien, como si la vista estuviera muy, muy cansada. Me cuesta fijar la mirada en algo concreto. Escribo pero no veo muy bien la pantalla. Tengo que corregir muy seguido, me cuesta concentrarme. El corazón va muy rápido, los párpados caen. Me esfuerzo en respirar. Es como si entrara en un sopor. Siento un poco de asco en el estómago. Me duele un poco la cabeza. Y siento hormigueos en la cara, sobre todo alrededor de la boca. No puedo escribir bien. Tengo que repetir una y otra vez las palabras. Quiero descansar. No puedo. Apoyo los brazos sobre el escritorio y aflojo todo el cuerpo. Cierro los ojos. Ya pasará. Es muy leve.

Estoy pensando que me he tomado un Flumil hace unas horas. Estoy un poco resfriada. Me restriego los ojos tratando de despertar. Qué no me hablen. Vuelvo a aflojarme, es lo mejor para recuperarme. Lo sé.

Tengo que volver a trabajar. Me están esperando.Las letras se mezclan, no me puedo concentrar. Estoy cansada.