Tú no eres la enfermedad

Diario de una hipotiroidea

Me viene un recuerdo a mi cabeza… Sentada en la cama frente al espejo, lloraba en silencio, despacio, para que mi marido que estaba en la sala no pudiese oírme.

Vestida con una camiseta azul y el pelo recogido hacia atrás… Observaba con tristeza mis manos, mi panza, las piernas regordetas… las líneas de mi cara…¿Quién era? ¿Quién era esa persona que estaba frente a mí? Intentaba encontrar algo, pequeño, tal vez insignificante detrás de ese cuerpo cansado y dolorido que me recordará a mi misma. Pero no, no había nada. ¿Eso era posible? ¿Hasta los gestos de alegría había perdido?…  

Hubo un momento, que guardo como un tesoro. Esos instantes de tu vida que te empujan a seguir cuando parece que tocas fondo, o a disfrutar aún más cuando todo sonríe.

En una oportunidad, mi esposo me descubrió mientras yo lloraba en silencio… Se acercó, me abrazó, me miró a los ojos y me dijo: “Tú no eres la enfermedad. Qué eso no se te olvide! Yo sé quién eres: eres maravillosa y volverás a recuperarte.”

Esa frase me acompañó mientras me fui recuperando, hasta hoy cuando ya puedo verme al espejo y sonreír. Eso es lo que quiero regalarles!

FELIZ AÑO 2014!!!!

Os quiero!!!

Emma

Cuando te quedas en blanco

Hoy recordaba una clase de alemán, la primera y la última que tomé. Estábamos, mi marido y yo, varados en Buenos Aires cuando decidimos apuntarnos al Goethe Institut, yo por aburrimiento, él porque es un apasionado de los idiomas. Las vacaciones se habían vuelto una pesadilla, una especie de espiral donde sólo veíamos médicos y más médicos, sin ninguna respuesta clara…

Con la cara hinchada por una explosión alérgica -que más tarde resultó ser una de las primeras señales de un hipotiroidismo agudo- y el cuerpo empujado por el poco aliento que tenía llegué a la clase. Me acomodé en un rincón y me presenté. Éramos unos diez alumnos en total. Tomé aliento e intenté escuchar con la mayor atención posible, pero de pronto me di cuenta que las palabras de la profesora se quedaban afuera de mi cabeza. Y lo gracioso es que hablaba en castellano. Escuchaba el sonido pero por alguna razón no podía comprender con exactitud lo que decía. Me empecé a poner nerviosa. Sentía calor, mucho calor en todo el cuerpo. Lo peor vino cuando empezaron las primeras palabras en alemán, sencillas, muy sencillas como para un niño de prescolar. Nos hacía repetir en voz alta lo que había escrito en la pizarra. Para ese momento yo ya no veía muy bien las letras, llegaban a mí lejanas y borrosas. En realidad, percibía  el aula, y todo en ella, de manera extraña. Me sentí agotada y confusa. En ese momento repartió unas hojas de ejercicios para completar en parejas. No pude responder ni una sola de las preguntas. Cada vez que buscaba las palabras en mi mente no estaban, había como un vacío, un completo y profundo vacío. Simplemente no había nada allí. Podía ver el rostro sorprendido de la otra persona esperando una respuesta, al mismo tiempo que sentía mi esfuerzo inútil en buscarla. Sólo le devolvía silencio. Un silencio envuelto en angustia y vergüenza. No entendía porqué me estaba pasando eso.

No pude salir al descanso, estaba agotada. Me quedé sentada y en silencio, con mi marido a mi lado. La profesora se acercó para preguntarme qué estaba pasando. Le dije que estaba enferma pero que no sabía qué tenía.

Esa fue mi primera y última clase de alemán. Lamentablemente, no fue esa la única vez que me quedé en blanco, fueron muchas, demasiadas, al punto tal que tuve que dejar de trabajar. Incluso me di cuenta que había olvidado muchas cosas de mi pasado. Como si nunca hubieran sucedido. Eso lo noté con el tiempo y después de haber encontrado un buen tratamiento, entonces empecé a recuperar la concentración y también parte de mi memoria. Todavía estoy en ese proceso.